Romanticismo
(c. 1800-1880)
Centrado
en las emociones, el Romanticismo emergió en la estela del rigor neoclásico y,
si bien en cierto sentido fue una reacción contra éste, el Romanticismo y el
neoclasicismo se solaparon. Su interpretación varió a manos de los distintos artistas,
poetas, autores y compositores, y fraguó como un movimiento diverso que perduró
desde finales del siglo xviii hasta finales del siglo xix.
Tanto el
neoclasicismo como el Romanticismo ilustraron el espíritu revolucionario de su
tiempo. Mientras que el neoclasicismo abrazó las insurgencias políticas y
alentó la emoción controlada, las líneas limpias y las temáticas que inspiraban
el orgullo cívico y la dignidad, el arte romántico expresó la inquietud ante
los cambios sociales y retrató emociones extremas, que se subrayaron mediante pinceladas
hábiles, una paleta luminosa y estatuas de composición imaginativa. Las ideas
románticas no resultan tan fáciles de esclarecer como las neoclásicas, pues no
existe un único modo de categorizar el Romanticismo. Ello se debe, en parte, a
que los artistas románticos trabajaron con métodos y técnicas diversos en
distintos países y en épocas diferentes. Sus ideas fundamentales eran similares,
pero sus interpretaciones variaban. La mayoría de ellos adoptó técnicas y
enfoques espontáneos e imaginativos. Algunos produjeron obras influidas por el
arte barroco y otros respondieron a la Revolución Francesa, a las guerras
napoleónicas o a la revolución estadounidense, y aun otros bebieron de la
fuente de la literatura romántica del momento, como la poesía de Jean-Jacques Rousseau
(1712-1778), lord Byron (1788-1824) y William Wordsworth (1770-1850).
Expresión
individual
El Romanticismo
surgió de la lucha interior de muchos artistas que intentaban entender un mundo
que cambiaba de manera radical y vertiginosa. Desde las revoluciones políticas
hasta la revolución industrial, los valores tradicionales se desvanecían y lo
que había parecido sólido y certero pasó a ser confuso y dudoso. Incluso muchos
de los nuevos descubrimientos científicos que intentaban racionalizar la
naturaleza se antojaban en contra de todo lo que los artistas habían entendido
hasta la fecha, lo cual redundaba en unas creaciones a menudo nostálgicas y reflexivas.
Muchos románticos iniciaron su singladura artística movidos por el interés en
la naturaleza y la mayoría se centró en expresar sus sentimientos más
personales a través del arte. Casi todos se rebelaron contra las reglas y
convenciones artísticas establecidas y usaron colores vivos y densos y animadas
pinceladas para conferir a sus obras una expresividad hasta la fecha rara vez
vista.
La mayoría de los
artistas románticos se oponía a la industrialización y los avances mecánicos
que aumentaban en prácticamente todos los ámbitos de la vida y, en contrate (o
incluso en protesta), muchos retrataban temas que exploraban la naturaleza
humana, leyendas populares, la Edad Media, lo exótico, lo remoto, los
misterioso y lo sobrenatural. Algunos favorecían las temáticas emotivas, como
las historias de amor o las tragedias.
Su arte era
subjetivo, apasionado, imaginativo, expresivo e instintivo. Valoraban más la
emoción que la razón, la intuición que el intelecto. La lógica y la
racionalidad se abandonaron en pro de la expresión de sentimientos atribulados
a menudo reprimidos en una sociedad educada. Fue un arte osado, descarado,
expresivo e inventivo. Los artistas manifestaban sentimientos desbocados que
calaban en los espectadores. Jamás antes los artistas habían articulado sus
emociones personales con tal fuerza y significación, y mucho menos se
había azuzado la espontaneidad como cualidad positiva del arte.
Color,
drama e intuición
En torno al siglo
xix, el término «romanticismo» empezó a utilizarse por vez primera para
describir el estilo que estaban adoptando las artes, la filosofía, la política
e incluso las ciencias. Si bien empezó en Francia, el Romanticismo se
desarrolló en varios países de Europa y en Estados Unidos en épocas distintas, y
floreció especialmente en Francia, Gran Bretaña y Alemania. Pese a no ser jamás
coherente entre todos los artistas etiquetados de románticos, el arte romántico
siempre antepuso la emoción y la expresividad a la estructura y la estabilidad,
pues los artistas anhelaban comunicar sus sentimientos personales y subrayar su
desconfianza en muchos de los acontecimientos y avances modernos.
Los principales
artistas románticos adoptaron ideas de varias disciplinas, experimentaron con
innovaciones técnicas y crearon obras a menudo visualmente sensacionales, atrevidas
y personales, las cuales supusieron una polémica ruptura con las tradiciones
del pasado. Entre los principales exponentes del movimiento destacan Eugène
Delacroix (1798-1863), considerado uno de los mejores y más influyentes
pintores franceses por su sobresaliente uso del color. Sus vívidas imágenes se
inspiraban tanto en acontecimientos históricos como contemporáneos, así como en
la literatura y los lugares exóticos que visitó. El artista, poeta y grabador
inglés William Blake (1757-1827) creó imágenes visionarias, atmosféricas y
simbólicas, reflejo de su inmensa imaginación y gran creatividad. En España,
Francisco de Goya (1746-1828) retrató con dramatismo los horrores de la guerra
y pintó obras fantásticas surgidas de su imaginación en las que realizaba
observaciones satíricas de la naturaleza humana. Théodore Géricault
(1791-1824), otro pionero del Romanticismo, influyó enormemente en Delacroix con
sus pinturas teatrales, expresivas y nada convencionales, mientras que en
Alemania Caspar David Friedrich (1774-1840) pintó paisajes etéreos y
ambientales, a menudo centrados en la solitud y la soledad. J. M. W. Turner
(1775-1851) fue el pintor paisajista más destacado del Romanticismo, gracias a
sus prolíficos estudios expresivos y ambientales de la naturaleza. John
Constable (1776-1837), otro pintor paisajista británico, expresó su nostalgia
por la campiña inglesa, que a su parecer estaba siendo erradicada por la
industrialización.
Jacob lucha contra el ángel
A menudo
considerado uno de los mejores pintores románticos, Delacroix influyó sobremanera
en sus coetáneos y en artistas posteriores por igual. Con sus dramáticas composiciones
en movimiento, sus vivos colores y sus vibrantes pinceladas, retrató imágenes dinámicas
y apasionadas que emocionaron a los espectadores. Partidario de la
espontaneidad, inspiró nuevos métodos de pintar directamente sobre el lienzo, suprimiendo
con ello la meticulosa planificación de las pinturas. Delacroix pintó este
inmenso mural de un pasaje bíblico en una capilla lateral de la iglesia del
Saint-Sulpice de París. Según narra la Biblia, Jacob regresaba a pie a casa una
noche cuando alguien se interpuso en su camino.
Ambos lucharon
hasta el amanecer, momento en que el rival de Jacob se presentó como un ángel y
bendijo a Jacob por mostrar tal determinación.
Lo sublime
El término
«sublime» se empleó por vez primera en 1757 para describir un arte que provoca
intensas emociones en los espectadores. Así, las pinturas de imponentes
paisajes, como montañas inmensas, recias tormentas o pesadillas, son sublimes.
La idea de que el arte podía suscitar desasosiego fue una aportación nueva e
importante del Romanticismo, y continúa siendo una de las funciones del arte en
la actualidad.
El Romanticismo no radica
ni en la elección de un tema ni en la verdad exacta, sino en una manera de
sentir.
Charles Baudelaire
La
idea en síntesis:
Anteposición
de los sentimientos a las convenciones