León Bicicleta
La decalcomanía o el «automatismo absoluto».
La decalcomanía o el «automatismo absoluto».
Vermeer retrata al personaje y a su profesión por medio de atributos.
Cesta de frutas
(cabeza reversible)
Un retrato o un suculento bodegón, según lo miremos.
Giuseppe Arcimboldo
Italia, 1590
Título original: Testa reversibile con cesto di frutta
Técnica: Óleo (56 x 42 cm.)
Escrito por: Miguel Calvo Santos
Ya lo vimos en su fabuloso «Asado». A Arcimboldo le iba el juego.
Y aquí hace lo mismo: el artista pinta un bodegón de frutas, que al girarlo 180º se convierte en un retrato.
Arcimboldo fue uno de esos escasos artistas que siendo visionario, y anticipándose unos cuantos siglos a su tiempo, gozó de un enorme éxito. Reyes de toda Europa querían sus pinturas e invitarlo a sus galas (el artista era un experto organizador de fiestas y espectáculos, eso que ahora los pedantes llaman «Estética relacional») y por supuesto, sus cuadros eran verdaderas atracciones para pasarse horas mirándolos.
Lo que observamos aquí es una suculenta cesta de frutas, con manzanas, peras, uvas, castañas y demás manjares otoñales que el artista pintó para formar a la vez un simpático retrato si le damos la vuelta. Mucho ingenio y una técnica perfecta dan como resultado una imagen muy atractiva.
Pese a que Arcimboldo fue una estrella, su obra pasó siglos sin interesar a nadie, hasta que en el siglo XX los surrealistas lo redescubrieron. Normal… dobles imágenes, un poco de misterio, juego… y una inquietante asociación con el canibalismo, ya que dan ganas de comerse a mordiscos al tipo que está retratado.
Epidemia romántica.
Géricault, especialista en el sufrimiento humano, retrata aquí el brote de fiebre amarilla que asoló la ciudad de Cádiz a principios del siglo XIX.
En 1810 la ciudad estaba abarrotada de enfermos que se fueron contagiando unos a otros inevitablemente a pesar de que las autoridades decretaron un confinamiento: la gente tenía prohibido salir de casa. Los enfermos eran encerrados en hospitales insalubres como el de la pintura de Géricault sin posibilidad de ver a familiares, seres queridos o incluso sacerdotes que les proporcionaran auxilios espirituales.
¿Os suena…?
La enfermedad provocaba que la piel se pusiera amarilla —de ahí su nombre— y más de 19.000 personas murieron ese año. De los 75.000 habitantes que tenía Cádiz en 1800, enfermó la mitad, entre ellos varios diputados de la famosa constitución de 1812 (la Pepa).
Además existía otra plaga en la ciudad: la guerra. Napoleón tenía sitiados a los gaditanos, y a los numerosos refugiados de la Guerra de la Independencia que caían como moscas
El calor y el agua infectada, junto al hacinamiento, provocó la epidemia. Y es exactamente lo que vemos en este cuadro. Géricault vuelve a sus temas de desesperación humana al límite. En este caso es un estudio de una obra que iba a ser más grande, pero que el artista no pudo culminar. Se respira la enfermedad, el dolor, el miedo y la soledad en estos enfermos abocados a la muerte.
Planos por colores, gran desnudo
Radiografía de la energía vital del cuerpo.
Retrato del artistaFrantišek Kupka
República Checa, 1910
Título original: Plans par couleurs, grand nu
Museo: Guggenheim, Nueva York (Estados Unidos)
Técnica: Óleo (150,2 x 189,7 cm.)
Escrito por: Violeta Granés
La figura de la mujer del pintor, Eugénie, se recuesta cómodamente sobre un algún tipo de asiento. Descansa con una seguridad confiada, digna de quien habita la materialización de la belleza por excelencia: el cuerpo femenino.
Kupka podría haberse limitado a pintar un típico desnudo al óleo, pero entonces no sería Kupka. La anatomía de la modelo aquí se define —como el título de la obra indica— en planos de colores contrarios y peculiares. Nos podemos cuestionar entonces el criterio del pintor al servirse de una paleta tan variada: los tonos no se subordinan a la plasmación de la luz, como hacían los impresionistas, ni responden a una visión subjetiva del mundo, como en los cuadros postimpresionistas.
No, Kupka empleaba el policromo en un sentido totalmente novedoso en la época: creía en su potencial intrínseco, comparándolo en expresividad con la música (Orfismo). Encontraba aquella esencia incorpórea en sus motivos, y la hacía aflorar en el lienzo a través de los tonos. En esta obra parece que podamos ver en los planos de color el contenido anímico de Eugénie: Kupka realiza una especie de radiografía de la energía vital del cuerpo (a lo mejor inspirado por el descubrimiento de los rayos X, logro de principios de siglo).
Ese estudio de la espiritualidad del mundo y su configuración a través del color… ¿no resulta algo familiar? El propio Kandinsky sería el primero en teorizar sobre ello, inaugurando el arte abstracto. Eso convierte a Kupka en una especie de precedente de ese movimiento. Queda demostrada su genialidad: por supuesto, no sólo por el título de visionario, sino también por la exquisitez vítrea de sus pinturas.
Terroríficamente genial
Retrato del artista: Francisco de Goya
España, 1823
Título original: Mala muger
Museo: Louvre, París (Francia)
Técnica: Tinta (21,5 x 14,4 cm.)
Cuaderno D.
Escrito por: Miguel Calvo Santos
En el Cuaderno D o Cuaderno de Brujas y Viejas, Goya representa el tema de la brujería que tanto le interesó a él y a algunos de sus clientes. En este cuaderno de dibujo vemos a personajes similares a los que pueblan sus magníficos Caprichos.
Si hubiera que ponerle un género a este cuaderno, sin duda se trata de terror. Como vemos, en sus dibujos desaparece todo fondo que ambiente medianamente las escenas. Sólo vemos a viejas hechiceras flotando o cayendo en el espacio, y en muchos de los rostros es fácil confundir la carcajada con la mueca de dolor, de espanto o de locura.
Este terrorífico dibujo muestra a una bruja anciana, de rostro cadavérico que tiene a un niño desnudo entre sus manos. Parece hasta que se lo va a comer ahí mismo. En el suelo, hay un plato y una cuchara, un vaso y otro recipiente. Todo indica que esta Mala Muger se lo va a a ofrecer al diablo.
Al parecer Goya se inspiró en un hecho real en el que dos hermanas, cuyas confesiones figuran en un auto de fe de Logroño, «supuestamente» envenenaron a sus propios hijos para ofrecérselos a Satanás. Y digo «supuestamente», porque ya sabemos cómo sacaba las confesiones la Inquisición Española en esas épocas oscuras.
Ver el rostro de esa mujer provoca escalofríos, aunque quizás es probable que el artista —conociendo su continua intención de denunciar injusticias—, represente simplemente a una pobre anciana que perdió la cabeza a causa de la terrible hambruna que se produjo Madrid entre los años 1811 y 1812 que provocó la friolera de más de 20 000 muertos y en los que se documentaron incluso actos de canibalismo.
Una cata de vinos.
Retrato del artista: Peter Paul Rubens
Flandes, 1619
Título original: Zwei Satyrn
Museo: Alte Pinakothek, Munich (Alemania)
Técnica: Óleo (75,5 x 61 cm.)
Escrito por: Ciprián Carnota
Os presentamos a dos sátiros: uno atrás bebiendo vino de un cuenco (y se le escapa un poco entre los labios), otro delante sujetando un racimo de uvas, mirándonos y sonriendo con esa expresión entre lo perverso, lo malicioso y lo lascivo. Toda una celebración del zumo de las parras.
Rubens retrata a estas dos criaturas sobre un fondo neutro, en una composición muy cercana (casi rozando el primer plano), y por el color rojizo de sus caras y los destellos en los ojos se puede percibir claramente que estos dos están en plena borrachera, como es natural en los sátiros. Los sátiros, que por cierto, salen bastante en la obra de Peter Paul Rubens (o de su taller). El pintor debía de tenerles simpatía; y es que no hay un símbolo mejor para representar las pasiones desenfrenadas y la lujuria.
El gran genio del Barroco vuelve a sorprender con sus características destreza y virtuosismo a la hora de plasmar el comportamiento y la anatomía «humana». Ya no es sólo la espectacular expresividad en esa mirada, que casi nos hipnotiza como espectadores, sino también esa mano, esas uvas, ese pelo, esa barba… Todo en conjunto llama la atención por su encanto.